Cuando trabajar no alcanza: la nueva pobreza dequienes todavía tienen empleo
Tener un trabajo ya no garantiza llegar a fin de mes. Tampoco garantiza descanso, estabilidad ni futuro. Mientras cada vez más personas necesitan acumular empleos para sostener una vida básica, miles de adolescentes crecen sin oportunidades suficientes para imaginar la propia. El resultado no es solamente económico: estamos construyendo una sociedad cansada, angustiada y con cada vez menos tiempo para vivir, vincularse y proyectar.
¿En qué momento trabajar dejó de ser una forma de vivir para convertirse en una forma de sobrevivir?
Durante mucho tiempo, tener un empleo significó mucho más que recibir un salario. Significaba cierta posibilidad de proyectar: pagar una vivienda, alimentar a una familia, estudiar, tomarse unos días de descanso, salir con amigos, criar a los hijos, tener acceso a una obra social, contar con una protección frente a determinadas contingencias y hacer aportes para una jubilación. En definitiva, tener cierta estabilidad que permitiera mirar algunos meses hacia adelante sin sentir que todo podía derrumbarse mañana.
El trabajo no era solamente una manera de obtener dinero; era una de las herramientas con las que una persona podía construir su proyecto de vida. Hoy esa relación parece haberse quebrado para una parte importante de la sociedad. Hay quienes tienen empleo y aun así no llegan a fin de mes. Algunos ni siquiera llegan a la quincena. Otros necesitan sumar un segundo trabajo, un tercero, hacer horas extras, trabajar los fines de semana o permanecer disponibles prácticamente todo el día.
Y algo todavía más preocupante: empezamos a considerar normal esa situación. Decimos que alguien “es muy trabajador”, que “se las rebusca”, que “no espera que nadie le regale nada” o que “trabaja de sol a sol”, como si trabajar hasta el agotamiento fuera una virtud en sí misma. Pero hay una pregunta que deberíamos hacernos: ¿qué estamos celebrando cuando una persona necesita trabajar cada vez más horas simplemente para sostener una vida que debería poder sostener con un empleo?
La pobreza también puede tener recibo de sueldo
La pobreza no siempre tiene la imagen que imaginamos. También puede tener uniforme, recibo de sueldo y una jornada laboral completa. Puede ser la persona que todos los días se levanta temprano, viaja dos horas, cumple con su trabajo y vuelve a su casa a hacer cuentas para decidir qué puede pagar y qué tendrá que postergar.
Puede ser quien no puede enfermarse porque faltar significa perder dinero; quien no puede tomarse vacaciones; quien no puede comprar determinados alimentos; quien acepta horas extras aunque esté exhausto; o quien consigue un segundo trabajo porque con el primero no alcanza. Y cuando tampoco alcanza, aparece una nueva exigencia: trabajar todavía más.
Así, una situación que debería ser entendida como un problema social termina transformándose en una responsabilidad individual:
- Si no llegás, trabajá más.
- Si no podés ahorrar, administrate mejor.
- Si estás cansado, organizate.
- Si no tenés tiempo, aprovechalo mejor.
Pero ¿qué ocurre cuando el problema no es cuánto se esfuerza una persona, sino que el esfuerzo dejó de alcanzar?
Los datos del mercado laboral muestran además la dimensión de la informalidad: en el segundo trimestre de 2025, el 37,7% de los asalariados relevados por la EPH no tenía descuento jubilatorio. Y eso no solamente afecta el presente; también afecta el futuro.
La jubilación no es un premio: es parte de una vida digna
Cuando hablamos de empleo registrado muchas veces hablamos de aportes como si fueran un descuento que alguien le hace al trabajador. Pero no es simplemente dinero que “se le saca” a una persona: es parte de un sistema de protección social y una manera de construir un derecho para el futuro.
La jubilación no debería pensarse como una dádiva del Estado ni como un premio por haber llegado a determinada edad. Es el resultado de una trayectoria laboral y de un sistema previsional que busca garantizar ingresos cuando una persona deja de trabajar. Hoy, como regla general, ANSES establece 30 años de aportes para acceder a la jubilación ordinaria.
Entonces aparece una pregunta incómoda: ¿qué futuro previsional estamos construyendo para quienes hoy trabajan de manera informal, facturan, tienen empleos temporarios o encadenan trabajos sin aportes suficientes? Porque el problema de la informalidad no termina cuando termina el mes; puede reaparecer décadas después.
Y entonces descubrimos que una sociedad que permitió que millones de personas trabajaran sin protección durante buena parte de su vida laboral también estaba construyendo una vejez más insegura. Todos deberíamos tener derecho a envejecer con dignidad, a no llegar a los 60 o 70 años preguntándonos cómo vamos a sobrevivir, y a poder disfrutar de aquello que durante décadas contribuimos a construir.
¿Qué futuro estamos dejando para nuestros adolescentes?
Pero hay otra pregunta todavía más profunda: ¿qué sucede con quienes todavía no ingresaron al mundo laboral? ¿Qué futuro puede imaginar un adolescente cuando observa a los adultos que lo rodean trabajar cada vez más y vivir cada vez menos?
La situación de niñas, niños y adolescentes sigue siendo especialmente preocupante. Según UNICEF, en el segundo semestre de 2025 el 42,3% de las niñas, niños y adolescentes en Argentina vivía en hogares pobres: 5,1 millones de personas. Y la pobreza no significa solamente tener menos dinero. También puede significar tener menos oportunidades: menos acceso a actividades, menos posibilidades de estudiar, menos espacios comunitarios, menos adultos disponibles, menos posibilidades de descubrir una vocación y menos oportunidades de imaginar un futuro diferente.
Un adolescente necesita algo más que una advertencia sobre aquello que no debe hacer; necesita lugares donde pueda descubrir aquello que sí quiere hacer. Necesita que alguien le pregunte qué le interesa, poder aprender un oficio, hacer deporte, escribir, hacer música, participar de un proyecto comunitario, estudiar, crear. Necesita sentir que existe un lugar para él dentro de la sociedad. Porque cuando una persona joven no encuentra un espacio donde proyectarse, el futuro puede comenzar a perder sentido.
Y esto no debería sorprendernos. Los propios datos oficiales muestran señales de alarma: el Ministerio de Salud informó que entre abril de 2023 y octubre de 2025 se registraron 22.249 eventos de intento de suicidio notificados en el país, y que las tasas más altas se concentraron en adolescentes y jóvenes de 15 a 24 años. UNICEF, además, registró que durante 2024 un 9% de adolescentes de 13 a 17 años manifestó sentirse deprimido y un 13% angustiado.
Esto no significa que la falta de empleo o de oportunidades sea la causa directa de los suicidios, la depresión, las adicciones o las situaciones de violencia. Pero sí debería obligarnos a mirar el contexto social en el que estamos criando y acompañando a nuestros jóvenes. No podemos pedirles que tengan proyectos si no construimos condiciones para que puedan proyectarse, ni podemos exigirles esperanza como si fuera una obligación individual.
Una sociedad cada vez más cansada
Y quizás acá aparezca la consecuencia menos visible de todo este proceso: no solamente estamos empobreciendo nuestros bolsillos, también estamos empobreciendo nuestro tiempo.
Cuando una persona tiene dos o tres empleos, no solamente trabaja más: vive menos. Tiene menos tiempo para sus hijos, para sus amigos, para descansar, leer, salir, conversar, enamorarse, tener sexo, conocer a alguien e incluso para preguntarse cómo está.
Y cuando todos estamos cansados, también cambia nuestra manera de relacionarnos. Nos volvemos más defensivos, tenemos menos paciencia, nos cuesta escuchar, contestamos mensajes mientras hacemos otras cosas, postergamos encuentros, dejamos relaciones para después, nos cuesta sostener conversaciones difíciles y estar disponibles emocionalmente. Hasta el deseo parece tener que competir contra el cansancio.
Quizás no sea casual que en una sociedad donde falta tiempo también parezca faltar disposición para vincularnos. Porque para encontrarse con otro hace falta algo que hoy se volvió casi un lujo: tiempo disponible. Tiempo para mirar, escuchar, conocer, aburrirse juntos, tener intimidad y construir confianza.
El ocio también es una necesidad
Hemos construido una cultura en la que descansar parece sospechoso. Si tenemos tiempo libre, sentimos que deberíamos estar haciendo algo productivo; si dormimos mucho, sentimos culpa; si pasamos una tarde sin hacer nada, pensamos que la desperdiciamos; si tenemos un día libre, buscamos llenarlo. Como si cada minuto tuviera que producir algo.
Pero el ocio no es un desperdicio y el descanso no es vagancia. Una conversación con un amigo no es improductiva, jugar con un hijo no es perder tiempo y enamorarse no es una interrupción de la vida. Tener sexo, salir a caminar, leer, escuchar música, mirar una película, tomar mate, conversar durante horas o simplemente no hacer nada también forman parte de vivir.
El problema es que estamos empezando a vivir como si todo aquello que no produce dinero no tuviera valor. Y quizás ahí haya una de las transformaciones más profundas de nuestro tiempo.
Estamos sobreviviendo en vez de vivir
Lo más peligroso de una estructura social no siempre es aquello que nos obliga a hacer; a veces es aquello que consigue que dejemos de cuestionar. Nos acostumbramos: nos acostumbramos a trabajar de más, a dormir poco, a no llegar, a estar cansados, a tener dos trabajos, a no ver a nuestros hijos, a que los adolescentes no sepan qué hacer con su futuro, a que alguien diga que está deprimido y respondamos que “son cosas de la edad”, a que una persona trabaje toda su vida y llegue a la vejez sin suficientes aportes, y a pensar que si no progresamos es porque no hicimos lo suficiente.
Lo naturalizamos. Y quizás deberíamos detenernos un momento para preguntarnos qué tan natural es todo esto. Porque estamos sobreviviendo en vez de vivir.
Y la vida no es un juego de El Estanciero donde, si perdemos, volvemos a empezar la partida. No tenemos otra oportunidad para recuperar la infancia de nuestros hijos, otro momento para volver a ver a un amigo, otra juventud, otro cuerpo u otra vida para disfrutar después.
Por eso quizás haya que volver a hacerse una pregunta que parece sencilla, pero que puede resultar profundamente política: ¿Para qué trabajamos?
Si la respuesta es para poder vivir, entonces algo está fallando cuando el trabajo nos quita todo aquello por lo que trabajamos. Porque trabajar debería permitirnos tener una vida digna. Debería permitirnos cuidar, amar, descansar, criar, aprender, envejecer, encontrarnos, disfrutar y construir proyectos. Y también debería permitirles a quienes todavía están creciendo imaginar que el futuro puede ser algo más que sobrevivir.
Porque una sociedad no puede llamarse próspera si sus adultos trabajan hasta agotarse y sus jóvenes no encuentran un lugar donde imaginarse mañana. Y quizás el verdadero desafío no sea solamente conseguir que la gente tenga empleo, sino conseguir que el trabajo vuelva a estar al servicio de la vida, y no la vida al servicio del trabajo.



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